¿Por qué las mujeres seguimos perdiendo
la batalla de la igualdad?

De acuerdo, es un título muy ambicioso y, obviamente, no tengo todas las respuestas. Si las tuviera, si supiera exactamente cómo hacerlo, os aseguro que ya me habría remangado la camisa y estaría buscando cómplices para ponerme manos a la obra.

Seguramente no soy la primera que digo ni pienso esto y, sin embargo, creo que no está de más insistir en ello: hemos errado el tiro a la hora de construir un discurso de igualdad. No digo que lo estemos haciendo mal, sugiero que empezamos con un foco que quizás no haya sido el más eficaz, y que deberíamos -ni que sea por probar- intentar cambiarlo.

El concepto de igualdad de las mujeres se ha construido en referencia a lo que suponía ser hombre. Es decir, muchas -obviamente no todas- hemos dirigido nuestros esfuerzos a equipararnos a los hombres, a ponernos a su altura, a comportarnos como ellos para reclamar nuestro espacio en la sociedad dominada por los rasgos de la masculinidad. Así, muchas hemos transfigurado nuestra forma de gestionar las emociones o el liderazgo en el puesto de trabajo para añadir más agresividad, autoritarismo, menos sensibilidad. Es decir, nos hemos mimetizado con los hábitos y costumbres masculinas para estar a la altura y ganarnos un puesto entre ellos. 

Esta misma actitud la hemos aplicado a las relaciones. Como analiza Eva Illouz en El fin del amor (Katz Editores), las mujeres se han liberado sexualmente mimetizando los comportamientos masculinos, acumulando experiencias sexuales sin demasiada línea argumental y desarrollando comportamientos de desapego emocional probablemente poco propios de nuestra sensibilidad real. Hemos llegado a aceptar como normal y razonable cosificarnos y convertirnos en objetos, por ejemplo, en las aplicaciones de citas y elegir a las parejas según esa misma cosificación y objetificación que, antaño, nos parecía uno de los grandes horrores de la visión masculina del mundo. En resumen, parece que estamos aceptando que tener un espacio implica renunciar a lo que somos para parecernos a lo que parece necesario ser si queremos estar en igualdad de condiciones.

Es cierto que podemos decir que esa construcción emocional que tenemos las mujeres no es completamente innata, sino que ha sido edificada tras siglos de ubicarnos en el rol de cuidadoras, pero hoy por hoy, esta estructura nos prepara para desarrollar muchas actividades de forma mucho más eficaz, consciente y sostenible que la construcción masculina. Y tampoco hay que olvidar que la construcción masculina no es necesariamente innata y que se edifica en siglos de poner sobre sus hombros el peso de la guerra, la manutención de los clanes y otras responsabilidades que seguramente tampoco habían pedido. A este respecto es interesante ver el documental La máscara con la que vivimos que muestra el impacto que tiene sobre muchos varones la necesidad de estar constantemente construyéndose sobre una masculinidad con la que no tienen una conexión emocional real.

Un cambio de paradigma

¿Qué pasaría si cambiamos el foco y en lugar de que las mujeres nos mimeticemos con los comportamientos, actitudes y desarrollo emocional de los hombres, esto sucediera al revés?

Aunque hay ya algunas iniciativas que intentan ayudar a nuestros compañeros a luchar contra las masculinidades tóxicas y otras acciones similares, llevamos tanto tiempo pensando que la solución era parecernos a ellos que ahora ciertas actitudes y comportamientos están tan estandarizados que modificarlos va a suponer una nueva montaña de trabajo. Porque en lugar de empezar una nueva obra, vamos a tener que deshacer primero la que ya está hecha. 

El cambio de paradigma supondría un cambio de lo que se considera un estándar. En algunos sectores empieza a intuirse una cierta redirección en ese sentido, como en política, donde no solo hay más mujeres al frente de grandes organizaciones y países, sino que están imponiendo una nueva forma de afrontar los liderazgos, como Sanna Marin o Jacinda Ardern. Sin miedo a las emociones, ni a las decisiones propias ni a verse como cuidadoras ni a presentarse ante el mundo remarcando su femineidad según códigos femeninos.

Mi sugerencia, ingenua e idealista, supongo, es que cambiemos el objetivo de nuestra lucha. Que trabajemos no para igualarnos a ellos, sino para que ellos se igualen a nosotras. Ampliar lo que se considera un estándar en lugar de luchar por constreñirnos a un mundo profesional, social y emocional que nos es ajeno. Desde luego, no se trata de eliminar la forma de entender del mundo de los hombres, de la misma manera que ahora no queremos que se cambie nuestra forma de entender el mundo. No se trata de imponer nuestros estándares a los suyos. Se trata de que el estándar femenino -profesional, emocional, relacional, social- se valide y que, de esta manera, cualquiera, sea cual sea su sexo, pueda elegirlo como su estándar.

Se trata de no obligar a los hombres a ser duros, agresivos y a atesorar conquistas amorosas. Y de no obligar a las mujeres a transfigurarse, optando por ese estándar, para lograr la equiparación social. Se trata de elegir en cada caso y en cada situación cuál es el estándar más beneficioso para el sujeto y para la convivencia social. 

Ahora nosotras nos sentimos obligadas en cierta forma a comportarnos como ellos, mientras muchos de ellos desearían poderse comportar como nosotras porque su personalidad sin constreñir estaría menos frustrada, liberada de ciertos yugos. Pero para que eso suceda, para que podamos elegir, no tenemos que luchar por conseguir que nos dejen un espacio en su mundo, sino lograr que nuestro mundo, nuestra visión de las cosas, esté validada socialmente y tenga el mismo nivel de autoridad que la suya.

Entonces, a lo mejor, no solo las mujeres ocuparemos el espacio que merecemos ocupar en la sociedad, sino que muchos hombres se liberarán de las frustraciones personales, emocionales y profesionales que acarrea la necesidad de estar siempre a la altura de un estándar que tampoco es necesariamente el suyo.

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Devolver la filosofía al pueblo. Arrancarla de las garras de la academia y los intelectuales para que todo el mundo pueda entender el mundo que nos queda y reflexionar sobre él. Pensar por el placer de pensar, sin gloria ni superioridad moral . Anarquista porque es de todos, para todos y sin que ninguna eminencia ni ningún poder decida sobre lo reflexionado ni sobre cómo debe hacerse esta reflexión. ¡Abajo las normas! ¡Arriba las mentes libres!

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